Saturday, November 7, 2009

Korean Comedy.

[La frase para referirse a las telenovelas coreanas en inglés, es “Korean dramas”. La modificación del título será bastante obvia al terminar de leer.]


[Foto de "Escalera al Cielo", una novela coreana que a más de uno le resultará familiar.]

****
Siempre hay alguien entrando o saliendo de un ascensor.

14299. Biblioteca, catorceavo piso. Oficina de EASSU, la unión estudiantil de mi carrera (o una de mis). Son las 5:26, y tengo que partir dentro de poco. Mi próxima clase es del otro lado de Queen’s Park, cruzando el campus. Me tomará diez minutos llegar hasta allá. Pero aún son las 5:27, y tengo al menos otros diez minutos de paz e inmovilidad en el sillón de la oficina.

Mi turno dura dos horas, de 4 a 6 de la tarde. Todos los miembros del comité debemos hacer dos horas de turno a la semana. Y todos nos las arreglamos para tomar turnos de dos horas seguidas, para tener que hacerlas sólo un día a la semana. Siempre llego al mío antes de tiempo. Toco la puerta y me encuentro con Liz, aún en su turno, sentada en el escritorio, de buen humor, lista para bromear sobre el chico rubio de rizos y anteojos del ascensor del día de las elecciones. En mi primera visita a la oficina, lo primero que atinó a decirme es que hacíamos buena pareja, el y yo. El, una persona que habré visto a lo mucho cuatro veces en mi vida, y yo. Al menos algo en común tenemos. El chino.

Nos conocimos el año pasado, hacia finales de noviembre. Fue el día del concurso de diálogos. En chino mandarín. Como la humilde estudiante de primer año que era, estaba hecha un manojo de nervios. Pero al menos estaba segura de haber memorizado toda mi parte. Lo cual no fue muy traumático, teniendo en cuenta que yo escribí la mayoría. El era en ese entonces un estudiante de segundo año, pero su pronunciación se distinguía, intachable. No hablamos sino hasta después de haber actuado, intercambiando un par de frases respecto al idioma que aprender. Luego, un par de meses después, lo encontré entrando a clase cuando yo salía. No lo volví a ver sino hasta esa tarde en el ascensor, cuando nos reconocimos al tiempo que caminábamos al salón de la reunión general de EASSU. Esa tarde, Liz y yo nos convertimos en miembros, ella como secretaria, yo como coordinadora de delegados. A las dos semanas, ya nos encontrábamos en la oficina, cuando me preguntó si recordaba al chico del ascensor. Asentí. Cuando dijo que haríamos buena pareja sólo me pude reír. No sólo porque no lo conozco ni remotamente lo suficiente como para decir algo así, sino porque no había manera de llegar a conocerlo. No está en ninguna de mis clases.

Lo que Liz no sabe, es que sí se como encontrarlo. Si quisiera.

Los viernes, la Asociación de Estudiantes Chinos (sí, estamos llenos de uniones, organizaciones y asociaciones) junta gente que busca practicar su chino o mejorar su inglés. No tengo clases los viernes, pero decidí darme una vuelta. El estaba ahí, es uno de los coordinadores del programa. También un par de amigos más. Fuimos todos a cenar al Barrio Chino al terminar. Su chino sigue siendo igual de impecable, es menor que yo, y detesta el bossa nova. Por más buena persona que sea, casi lo odié sólo por decir eso. Liz aún no sabe nada de los eventos recientes. Inspirada por las telenovelas coreanas que le gustan tanto, tiene planeado hablarle en la clase que llevan juntos y decirle, como a mí, que haríamos buena pareja. Lo que es yo, disfrutaré ver como se van dando las cosas desde el sillón, mientras ayudo a coordinar todos los eventos que se vienen. Tengo la certeza de que esta situación da para muchas risas…
****
[Y aquí, más acorde con el título, una parodia genial de Mad TV, la primera de 4 partes. Enjoy!]

Monday, August 17, 2009

Para un día de aquellos...




[Para dos personas que se encuentran en el regimiento del Sgt. Pepper's Lonely Heart Club Band. Los quiero mucho. S.]


Mira, las cosas todas pasan por algo, por más que suene a cliché. Que es difícil entenderlas, que duelen, que dejan heridas más hondas que las profundidades del mismo mar, eso no te lo niega nadie. Pero al poco tiempo, o no tan poco, vas a darte cuenta que no es solo que las cosas pasan por algo, sino que también pasan y se van, y aunque no lo creas ahora porque siguen latiendo en el fondo de tu cabeza, se marcharán antes que notes que partían. Así son las cosas del corazón, las puñaladas arden desde adentro, pero si tienes fuerzas suficientes para levantarte, entonces también las tendrás para curarte.

Dicen que para escribir de algo hay que conocerlo. Cuando se trata de un dolor de estos, sin embargo, es mejor haber estado en ambos extremos. En su momento, agonicé por tres semanas de silencio; se acercaba una ruptura inevitable. Fueron las lágrimas más amargas que había llorado por amor. En su momento, también, fui yo la que tuvo que desconectar a alguien del life support system que son la ilusión y la esperanza: esas lágrimas fueron aún más amargas por ser consciente del dolor que estaba causando. Un dolor que aún me causa remordimientos y que aún me deja pensando en esas tardes sin sol pero sin nubes, de contemplación en pleno. Así que puedo decir que no soy una experta en todo el tema, pero las experiencias diametralmente opuestas te dan una visión un poco más completa de las cosas, y permiten otorgar consejos más útiles. Y no hay nada más certero que un consejo que no pediste.

Antes, sin pensarlo mucho, habría sugerido, trata de no pensar. Nada más complicado. Las cosas no se van así de buenas a primeras, por más que uno quiera. El proceso de dejar algo atrás, en definitiva, es arduo y largo. Pero es un proceso, es decir, no es imposible lograrlo. La clave es darle a las cosas el lugar y la importancia que tuvieron, sin mezquinar nada. Si pones un recuerdo importantísimo en una cajita enana, no va a caber; si pones uno pequeño en un baúl, estas desperdiciando espacio. Es una metáfora un tanto extraña, pero si encuentras la caja correcta, estás listo para continuar. Cuando lo logres, dejarás de pensar tanto. Y así, de a pocos se avanza. Sin rencores, sin amarguras. Atesora todo lo bueno, porque es parte de ti. Y aprende de lo malo, porque te ayudará a crecer. Y vive. No dejes que ningún recuerdo te consuma, y aprovecha de vivir, concentrarte en tus metas, aprender algo nuevo, que sé yo, desde instrumentos hasta idiomas, pasando por todo lo que haya en el medio. Tómate el tiempo para explorar el mundo con la experiencia que has adquirido. Porque, como dice otra frase que suena a cliché, el tiempo lo cura todo. Salvo la muerte, por supuesto. Pero si estás leyendo estas líneas, me parece que tienes la oportunidad de construir tu felicidad del modo que más te convenga, como más te guste, y con quien quieras (o no) hacerlo.

Desde este lado de la pantalla, cuentas con todo mi apoyo.

Tuesday, June 2, 2009

May showers bring more flowers…

El mes que acaba de concluir se hizo notar dejando a su paso una ciudad empapada. Mayo, aquí, significa no sólo primavera, sino la cantidad de lluvia necesaria como para que ésta, mediante sus vegetales manifestaciones, haga su aparición. Y teniendo en cuenta la ferocidad de los inviernos cuasi-polares que son típicos de estas latitudes, dicha cantidad es exorbitante. Por algo la existencia de proverbios como el título que me animé a empeñar en esta ocasión, no sólo por ser atinado, sino porque la última semana tuvo precipitaciones comparables a las de la selva amazónica que alguna vez tuve a bien visitar.

Es uno de esos casos típicos de “no hay mal que por bien no venga”, como tantos otros refranes en tantos otros idiomas.

Lo que sí es impresionante es la rapidez con la que la ciudad reverdece. El paso de los troncos secos a los árboles cargados de vida nueva. Verde. Todo verde. Los parques, las calles, los brotes que crecen entre las rendijas del pavimento. Es difícil imaginar eso luego de veintiún años en el país lleno de siempre verdes que es el mío, que adoro, pero el contraste tan brutal es lo que le da el encanto.


Entretanto, me he convertido en la madre de dos adorables geranios que están en su apogeo. Tuve que pasarlos a macetas, crecen tan rápido…

Esta humilde paginita ya lleva 2 años y poco más de un mes de existencia. Hablando de lo rápido que pasa el tiempo. Todo lo que puede pasar en dos años, es impresionante cómo la vida va dibujando caminos tan distintos, a veces extraños, usualmente con cierta sabiduría implícita. Me doy perfecta cuenta de que estoy en ánimo contemplativo, pero hay que entenderme después de tanto contemplar esta primavera y la vida que llega con ella. A ver si al menos junio llega con menos agua.

Wednesday, April 15, 2009

In Bloom

Una mañana hace un par de semanas, el jardín de mi casa se vio envuelto por completo en un manto inmaculadamente blanco. Demonios, pensé, estamos en abril y ahora esto.

Aurora, a unos 45 minutos de Toronto cuando el tránsito no esta muy pesado, recibe por lo general bastante más nieve que el resto de la ciudad por encontrarse más al norte: en estas latitudes cada metro cuenta. Y no me disgusta la nieve, a pesar de todas las predicciones pesimistas de que acabaría odiándola en cuestión de un invierno. Lo que me disgustó fue el destiempo nauseabundo con el que hizo su última aparición, con algo de suerte la última de la temporada. Cualquiera pensaría que una vez entrada la primavera, es cuestión de empacar las botas de nieve y desempolvar las casacas más ligeras. Ni por asomo. La única certeza aquí es que con la nieve nunca se sabe. Y yo lo sabía. Solo que no pensé que fuera a ocurrir. Sobretodo con el todo el tiempo que tomó que se derritiera toda la nieve del invierno.

La noche anterior a la nevada, sin embargo, encontré con la primavera un nuevo objeto de mi afecto a quien proporcionarle todo mi cariño. Está aquí a mi lado mientras dibujo torpemente estos pensamientos con el teclado, y sonríe imperceptiblemente con cada uno de sus incipientes dieciocho… capullos. Sucedió que durante una rutinaria visita al supermercado, pasamos por la sección de jardinería, repleta de flores. Entre los adorables tulipanes, narcisos y las imponentes orquídeas, encontré… geranios. Diminutos. Recordé Lima, llena de ellos, y recordé también que si permanecen dentro de casa durante el invierno, seguirán floreciendo. No lo dude ni un momento y tomé con cuidado el que esta ahora en mi ventana apenas vi los capullos. Ahora el primero de ellos esta empezando a florecer lentamente, el carmesí de sus pétalos completamente visible, acompañando al junco unicornio que aviva mi cuarto desde el invierno.


Ya llevo en estas latitudes casi un año, y es la segunda primavera que me toca observar. Luego del invierno, el comentario de que “las primaveras aquí son más frías que los inviernos en casa” se va desdibujando: en casa no hay inviernos. Pero el invierno mismo se desdibuja ante el recuerdo de mayo, junio, julio y agosto, los meses maravillosos en los que esta ciudad florece bajo el sol, los que observaron mis primeros pasos en esta ciudad, a veces torpes, a veces tropiezos con todo el rigor de la palabra, pero por sobre todo zancadas animosas llenas de novedad. Aquí viene de nuevo la luz que florece. Yo y mi geranio estamos listos, esperando que llegue sin más nieve de por medio.

Sunday, April 5, 2009

Y si manda el marinero?

A veces, cuando parece que se anda sin rumbo, una tonada familiar puede servir de guía.

La promesa: nunca olvidar, nunca olvidar...


[Con el crudo en las bodegas volveré a buscar todo el tiempo vivido que hemos perdido sin protestar. Voy a probar primero al olvido, a lo ajeno. Voy a pasar a retiro de un tiro el culpable de mi soledad. No sé que quiero, pero sé lo que no quiero. Sé lo que no quiero, y no lo puedo evitar. Puedo seguir escapando y aún lo estoy pensando, lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar. El marinero del río no tiene calor ni frío. La ciudad no tiene puerto y se siente muy vacío. Últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa: en un vaso de cerveza caliente fue que se la olvidó. Quiero elegir del mapa un lugar sin nombre a donde ir: será el lugar donde viva lo que quede por vivir. Por eso de cada viaje me traigo el equipaje perdido; por eso es que he decidido nunca olvidar, nunca olvidar. No sé que quiero, pero sé lo que no quiero. Sé lo que no quiero, y no lo puedo evitar. Puedo seguir escapando y aún lo estoy pensando, lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar. No sé lo que tengo pero sé lo que no tengo; sé lo que no tengo porque no lo puedo comprar. Puedo seguir cantando pero sigo esperando, sigo esperando pero estoy cansado de esperar. No sé que quiero, pero sé lo que no quiero. Sé lo que no quiero, y no lo puedo evitar. Puedo seguir escapando y aún lo estoy pensando, lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar.]

Saturday, April 4, 2009

***


Me traicionaron mis pasos
y las aves de escarcha, migratorias
y torpes. Y efímeras, por sobre todo. Me llamaron
al viento, al constante vaivén de la rueda del cambio,
a ver nacer lo nuevo. No hubo preguntas; no habría
respuestas. Mas con el tiempo no fue el vértigo
en la garganta lo que me hizo notar
lo que faltaba, ni su suspiro
a viva voz, ni el escalofrío de mis ojos. Fue no sentir
mis latidos lo que me dijo
que había pagado el viaje con el corazón
como peaje.

Sin deshacer mis pasos sigo mi curso como las aves. Y con las aves, como yo, de escarcha.

Monday, December 15, 2008

"where it's all white as snow..."


Mientras camino con dirección norte a la estación de St. George, no puedo evitar recordar una frase de James Joyce, que leí por primera vez hace cuatro años cuando nos asignaron Dubliners en la clase de Literatura en inglés. Es la última frase del último cuento, The Dead:

“His soul swooned slowly as he heard the snow falling faintly through the universe and faintly falling, like the descent of their last end, upon all the living and the dead.”

Ayer fue la primera nevada de la temporada en Toronto. Llegó temprano, aunque juzgando por la cantidad de nevadas previas en Aurora, la llevaba anticipando desde hacía buen tiempo. La resaca de la noche anterior cobra vida en el frío, ligeramente más intenso, y en la cantidad de nieve que cubre desde los tejados hasta los barandales y los árboles en los que aún no se ha derretido. Llevo un par de guantes mojados en la mochila: antes de emprender el regreso Andrew y yo nos enfrascamos en una guerra de nieve relámpago. Buen modo de hacer catarsis respecto al rompimiento reciente. Los transeúntes observaban extrañados. Hemos de haberles parecido niños jugando con nieve a la entrada de la biblioteca. Para ellos, la nieve cae sobre todos por igual como lo haría la lluvia, o del mismo modo en el que damos el brillo del sol por sentado. Luego de tantos años, ya no es nada especial. La nieve solo les produce una indiferencia, si no un fastidio, que puede leerse en sus ojos.

Llego al cruce de Bloor y St. George. Bloor es una de las avenidas principales en el centro, y St. George es la arteria principal de la universidad: gran parte de sus edificios, sin mencionar Robarts, la biblioteca más grande con complejo de pavo real incluido (ver foto), están situados en esa calle. La estación del metro se encuentra del otro lado de la pista. Me detengo en la esquina a esperar al semáforo peatonal y al poco tiempo ya hay al menos diez personas más: en la otra orilla otro tanto de almas se preparan a cruzar apenas aparezca la luz blanca. Incluso desde donde me encuentro de pie se lee en sus rostros que este es un día normal, como de tantos otros inviernos. Me pregunto inevitablemente si alguna vez sintieron la emoción que por ahora me invade al ver la nieve, pero las almas pasan a mi lado con la mente en blanco.

Estación de St. George. Se inicia la odisea del regreso. La máquina de tokens acepta monedas para comprar uno, u ofertas de $10 o $20. No acepta billetes de $5, lo cual por lo general me pone en apuros: por algún motivo el funcionario de la caseta desaparece justo antes de que pueda aproximarme a pedir cambio. Felizmente hoy no es el caso, llevo sencillo. Un loonie (moneda de $1) y un toonie (moneda de $2) son suficientes, el precio es $2.75. El token va a la ranura de la entrada y los veinticinco centavos de vuelto a mi bolsillo. Bajo dos escaleras y me dirijo a la plataforma con dirección al este. La ruta que tomo es larga: de St. George, dos estaciones al este, hasta Bloor-Yonge. Luego un transbordo a la línea del norte, donde luego de ocho estaciones llego a Sheppard-Yonge. Un último transbordo a la segunda línea del este y cuatro estaciones más para terminar en Don Mills. Y eso es solo medio camino: una brillante carroza me espera a la salida de la estación para hacer el resto de la vuelta a Aurora, unos veinticinco minutos más al norte de Don Mills. El trayecto en total me toma por lo general una hora, porque gracias al cielo mis horas de viaje no son en hora punta. Al menos no en la autopista.


Desgraciadamente, un jueves cualquiera alrededor de las seis de la tarde es la definición de hora punta en el metro de Toronto. Salgo en medio de un gentío a subir las escaleras para tomar el tren con dirección norte. Como es usual, ya hay gente esperando en la plataforma. Después de mí llega aún más gente, lo que me hace sospechar que viajaremos apretados. Una luz al final del túnel anuncia la llegada inminente del tren: lo bueno de la hora punta es que los trenes llegan cada tres o cuatro minutos como máximo. Lo malo es que, luego de una mirada al vagón correspondiente, me doy cuenta de que no solo se confirma mi sospecha, sino que no se han desocupado demasiados asientos: viajaremos de pie.

Me sostengo de la baranda más cercana a la puerta. Detrás de mí, entre la multitud, hace su aparición una dama treintona de cabello rubio corto, con un perro faldero entre los brazos. La fiebre de los toy dogs hace su aparición en los momentos menos esperados. Inmediatamente detrás de ella ingresa, justo antes de que se cierren las puertas, un hombre desaliñadísimo. Su ropa lleva manchas de pintura de distintos colores, quizás es un artista sin suerte. Al apoyarse en la misma baranda que nosotras alcanzo a ver sus uñas, y un pensamiento triste y cruel vuela por mi cabeza: el perro de la dama tiene las patas mejor cuidadas que él. El tren empieza a moverse. Por unos momentos, el único sonido que invade el silencio es el del tren sobre los rieles, y el murmullo de los viajeros acompañados. De pronto, el hombre se dirige a la dama. Alcanzo a leer la sorpresa en su mirada por un segundo: es evidente que para ella es, también, un perfecto desconocido. La sorpresa se desvanece con la pregunta. “¿Es un Cocker Spaniel?”, dice el hombre, señalando al perro entre sus brazos. Me reí para mis adentros, como lo debió hacer también ella, y quizás también el perro si lo hubiera entendido: a mi parecer, la diferencia entre un Cocker Spaniel y un Yorkshire Terrier es abismal. La dama no demora en corregirlo amablemente, aunque indudablemente algo tensa. Silencio. Daba por terminado el intercambio cuando el hombre preguntó repentinamente por el precio del perro. No sé por qué, hablar de improviso de dinero con desconocidos me incomoda (aunque puesto de esa manera, parece bastante evidente). Esta vez miré al hombre mientras hablaba. Sus dientes estaban oscuros. No di signos de inmutarme. La dama tampoco. Le respondió, y le habló brevemente del criadero en Winnipeg de donde el perro procedía. El intercambio fue breve también, pero esta vez definitivo: no se volvieron a dirigir la palabra en lo que restaba del trayecto común. Entretanto, el Yorkshire Terrier se entretenía lamiendo mis guantes. Una vez en la estación de St. Clair, la dama se bajo del vagón. Aproveché la salida de algunos pasajeros para encontrar un asiento en lo que restaba del trayecto al norte. En mi cabeza daba vueltas el encuentro que acababa de presenciar. Aquí dirigirse a un desconocido es lo mismo que hacer lo propio en Lima. ¿Qué habría pasado por la cabeza del artista para dirigirse a la dama? Solo me quedaba suponer que la curiosidad más pura e infantil.

Sheppard-Yonge. El transbordo final. Me bajo del vagón y subo el ascensor. Este tramo es cortísimo, no demora más de cinco minutos. Un suspiro y ya me encuentro en Don Mills, agotadísima. Los jueves son un día largo, considerando que tengo que correr de un lado al otro del campus. Ascensor primero, escalera mecánica después, y aparece la superficie, el Fairview Mall y su estacionamiento ante mis ojos. El carro ya está afuera. Una vez del otro lado de la puerta vuelve a rodearme el frío y la nieve que cayó anoche y que se acumuló como la gente en las esquinas del peatonal o en la plataforma del tren, cayendo tan casualmente como las preguntas entre dos desconocidos tan diametralmente distintos como los que acababa de presenciar. Y me doy cuenta que mis ojos miran este mundo nuevo con la misma sorpresa e inocencia de mi primer encuentro con la nieve. Mientras pienso sobre todo esto continúa el trayecto, cada vez más al norte, donde hay cada vez más nieve. Joyce tenía razón: cae sobre los vivos y los muertos, los tejados y los árboles, las autopistas y las bibliotecas y lo cubre todo por igual con el mismo manto mágico. Pero hay distintos modos de ver esa nieve y el mundo que ella cubre. Quizás para mí es divertido ver las cosas así como lo hago. En mi mochila, mis guantes siguen húmedos.

(Noviembre 2008)

Thursday, November 6, 2008

in fine print...


A veces creo que tu recuerdo está alojado permanentemente en mi cabeza y no piensa partir.
¿Qué hacer en una noche de recuerdos como esta, como tantas otras?
Pues nada, es la memoria etérea y cálida de un episodio feliz.
Por eso sigue aquí bien dentro.

Eres y serás parte de mí, aunque así no lo quisieras.
Soy y seré parte de ti, así tratara de evitarlo de alguna manera.
Y así será ahora y siempre. Aunque no seamos más que un recuerdo.

Wednesday, October 15, 2008

Reviviendo

Paradójicamente, se me da por regresar a los brazos de mi blog en la estación en la que todo a mi alrededor se marchita, presintiendo el invierno que se avecina. Sí, finalmente, el tan mentado y temido invierno canadiense. Que si bien no llega aun, ya tengo relativamente planeado, como le comentaba a un amigo. La pregunta fue, ¿Qué vas a hacer en invierno?

“Ver nevar. Emocionarme con la primera nevada. Salir a jugar como una niña de cinco años. Luego, al borde de la hipotermia, meterme a la casa. Convertirme en un ratón de biblioteca. Salir una vez al día cuatro veces por semana al frío irreal de Toronto y a la nieve lodosa, salada y a medio derretir que quede en el piso para llegar a mis clases, vestida para sobrevivir una tormenta en el Ártico, maldiciendo el momento en el que decidí mudarme a estas latitudes, y rezando por temperaturas por encima de cero. Y así sucesivamente.”


Curioso como la palabra “invierno” es tan parecida a “infierno”. En fin, mientras tanto, que aún no llega, a disfrutar el otoño. Los árboles cambian de color de forma maravillosa. Siendo todo tan nuevo, es casi imposible no sentirse maravillado, aunque sea en el fondo su lenta muerte temporal. Vaya espectáculo para morirse…

Y en una nota especial, comparto una foto que muestra que hasta los insectos aquí son más artísticos que en casa. Foto que dedico a todos mis musicófilos selectos, desde el Maestro Reaño con sus tangos y canciones europeas, hasta Michel, con alma Indie de rock ‘n roll. Sin dejar de lado a Jesús y su música electrónica, a Ximena, hermana en las Jamiroqueadas y jazzista excepcional, y a mi propio hermano, que descubre paso a paso el proceso de hacer música. Me quedo corta, pero a todos ustedes un abrazo lleno de sol (en claves) y la tonada que venga al caso.


Friday, August 1, 2008

Blogcito chiquitito


Navegando por el ciberespacio hace cerca de una semana me encontré de narices en frente del anuncio del concurso de las Páginas Amarillas: 20 Blogs Peruanos.
Inmediatamente pensé, quizás debería darle una chance…
Casi al mismo tiempo la realidad hizo su aparición:
Mujer, ¿cuál es el punto? ¿Cuánta gente lee tu blog? ¿Sabe alguien siquiera de su existencia?

Bueno... pues sí, hay gente que me conoce y entra asiduamente a dejar un par de comentarios benévolos, como las abuelas que envían tarjetas de cumpleaños religiosamente (ustedes saben quiénes son, mis queridos. Y se agradece). Y son pocos. Pero son. Pero pocos, de todas maneras. Y no soy demasiado marketera. No me nace colgar el link por todos lados a ver quién se anime a entrar, o hacerme a la idea de que alguien juzgue mis escritos sin conocer nada al respecto de su origen. Hay una cierta reserva, quizás un temor implícito. Y sin embargo…

…Y sin embargo la literatura es un ejercicio egocéntrico. Siempre he mantenido la creencia de que uno escribe para que lo lean. Y es muy cierto. Porque escribir me ha permitido no solo poder dibujar con palabras un mundo propio, personal y mío, sino que también me ha enseñado a expresar mis ideas de la mejor manera posible, al punto que a veces me resulta más cómodo escribir que tener que hablar. Sobretodo en los casos en los que es difícil decir las cosas. Las palabras me han dado una voz que me costaba encontrar, y eso es algo que no todo el mundo entiende.

Sí, lo confieso. Escribo para que me lean. Así nació este blog. Y aún así, una cierta modestia, proveniente quizás de mis lejanos ancestros del Oriente, mantiene esta página casi en el anonimato, un blogcito chiquitito de poco más de un año donde suelto mis ataduras y me permito decir lo que sea, cuando sea, y como sea. Hasta cierto punto, uno más entre tantos otros. Pero este es mío. Y para mí, eso hace toda la diferencia. Quizás sea cuestión de animarme, y hacer aspavientos, aunque no sea mi estilo. O quizás no, después de todo. Me basta con que, en algún momento, alguna persona se encuentre con este sitio y sea capaz de identificarse y entender lo que siento. Y que, quizás, se anime a dejar un comentario benévolo, con el calor de la confianza y la luz de la empatía. Algo… que se parezca tanto a algo que yo hubiera escrito.